INTEGRACIÓN DE PERSONAS CON DISCAPACIDAD

Ponencia sobre integración de personas con discapacidad.

Este trabajo sobre integración de personas con discapacidad fue presentado por  María Ángeles González Mateo en Escuela Universitaria de Magisterio de Albacete.

Me resulta difícil empezar a tratar este tema que se presta a opiniones y actitudes muy opuestas. Para mí, personalmente, la experiencia de la enseñanza integrada ha sido enormemente positiva por muchas razones que quiero exponer brevemente.

Escuela Universitaria de Magisterio de Albacete

Pero antes de hacerlo, hay que tener en cuenta que son varios los agentes o factores que intervienen en este proceso. En primer lugar, los padres, que toman esta decisión y asumen la responsabilidad de prestar a los hijos con alguna discapacidad toda la atención y ayuda que precisen. Por otro lado, y no menos importante, la actitud de los maestros y profesores, que también afrontan el reto de dirigirse a alumnos que, al menos en teoría, tienen más dificultades en una sociedad donde se prima el valor de la imagen y de lo visual. En tercer lugar, están los compañeros, que conviven con el alumno diferente y al cual deben ayudar en muchas situaciones. Por último, está el propio alumno, más o menos consciente, dependiendo de su edad, de que va a encontrar dificultades, al formar parte de un entorno no adaptado totalmente a sus condiciones.

Pero a cambio, y esta es la primera ventaja, el alumno discapacitado no se verá aislado de su familia, ya que, en la mayoría de los casos, los centros especiales no se encuentran en la localidad donde residen.

Y ahora, dejando las generalidades, voy a centrarme algo más en mi experiencia personal, que puede ser orientativa de este tipo de enseñanza.

Yo perdí la vista a la edad de cinco años y hasta los ocho no aprendí el braille. Me lo enseñó una amiga de la familia y hasta los trece años no me matriculé en ningún colegio. Llegado ese momento, mis padres decidieron que fuera en un centro de Albacete, donde impartía clases una tía de mi padre. Ella fue la primera impulsora y defensora de esta decisión, a la que respondió con gran generosidad la directora del centro.

Se me realizaron unas pruebas para medir el nivel que tenía, porque durante esos años yo había estado leyendo libros de texto en braille de los cursos correspondientes y llevaba alguna base, y entré en sexto de E.G.B.

Estoy hablando de hace treinta años, una época ya algo lejana en la que no había más ayudas técnicas que una especie de tablilla acanalada y un punzón para ir perforando las letras en el papel, y una caja de aritmética, que consistía en una cuadrícula de madera donde se insertaban números de plástico para realizar operaciones. Y con esos instrumentos me presenté en la clase, con muchísimas ganas de aprender, de absorber todo lo que mis maestros quisieran explicarme.

Aquí debo decir algo sobre la acogida que tuve. Lo hicieron con la mayor naturalidad. Yo ahora, con la perspectiva de tantos años, comprendo que para ellos debió ser un reto muy grande, ya que no había ningún antecedente en ese sentido. Para ellos era también una situación nueva, a la que debían responder echando mano de su experiencia como docentes y de toda su mejor voluntad. Y su labor fue magnífica. Eran personas con auténtica vocación, ahora me doy cuenta de que era así. Hicieron que me sintiera a gusto, estimulada, sabía que no estaba sola.

Aquel primer curso, mi tutora decidió que cada semana me sentaría junto a distintas compañeras. Ella elegía a las que, a su juicio, mejor podrían ayudarme y orientarme si necesitaba preguntarles algo: qué dice la pizarra, etc. De esta manera pude conocer más a mis compañeras e ir integrándome poco a poco.

Las clases de lengua, sociales y ciencias podía seguirlas perfectamente. En matemáticas y, a veces en ciencias naturales, el profesor leía en voz alta lo que iba escribiendo en la pizarra, con lo cual también podía seguirlo. Lo mismo en inglés, en que tanto la  profesora como mis compañeras me dictaban cómo se escribían las palabras.

Luego, en casa, por la tarde, llegaba el turno de los padres. Los deberes consistían en rellenar unas fichas que ellos me leían y rellenaban con lo que yo les decía. Si no lo recordaba, volvían a leerme el texto.

Claro está que en asignaturas como dibujo o educación física estaba exenta. Evidentemente, había unas limitaciones que no podía superar.

En la hora del recreo salíamos al patio y también en algunos juegos participaba. Otras veces, simplemente paseaba con alguna compañera, repasando las lecciones y lo que nos iban a preguntar después, o terminando de preparar algún examen...

Muchos de los compañeros quisieron aprender el braille y lo consiguieron. La convivencia fue muy agradable, buen compañerismo, solidaridad. Nunca me sentí excluida o rechazada, al contrario. A ellos les llamaba la atención aquella forma de escribir y demostraban su curiosidad.

Y así transcurrieron los tres años en el colegio. Me dolió dejarlo, le había tomado mucho cariño.

De ahí pasé al instituto. Ya nadie nos planteamos si debía ser un instituto normal o un centro especial. El camino que había empezado en el colegio podía seguir en el mismo sentido.

Los profesores y compañeros también me aceptaron bien, para mí era normal, pero para ellos, que tampoco habían tenido antes contacto con alumnos invidentes, también parecía algo cotidiano.

Como en el colegio, quedé exenta de educación física y dibujo. Las demás clases las podía seguir bien. En algunas asignaturas nos daban apuntes y yo los tomaba con la pauta, escribiendo con el punzón, cosa que llegué a hacer de prisa, eso sí, escribiendo de una manera que nadie habría entendido, aunque conociera el braille. Cortaba las palabras, suprimía todas las conjunciones y preposiciones, pero a mí me resultaba legible. Aprendí a organizarme ya desde el colegio: confeccionaba mis propias libretas con las hojas de papel especial que compraba en la ONCE y después en una papelería de aquí. Las perforaba y les ponía anillas. Todo separado y clasificado por materias.

Me gustaba estudiar, aprender cosas nuevas, me esforzaba por asimilar todo lo posible y sacaba buenas notas. Eso me estimulaba cada vez más y me empujaba a seguir adelante.

Total, que en el instituto, la experiencia se repitió. Lo que no terminaba de asimilar en clase, lo hacía en casa.

Para hacer los exámenes, tanto en el colegio como en el instituto, a veces simplemente teníamos que copiar al dictado las preguntas. Otras veces, cuando el examen se repartía en folios escritos, me lo dictaban, unas veces el profesor y otras el compañero. Respondía a las preguntas en braille, lógicamente, y al final se lo leía al profesor. Otras veces, si no quedaba tiempo, el profesor se quedaba con mi examen y me lo llevaba al día siguiente, para que se lo leyera.

También fueron buenos años los del instituto. Más entrañables fueron los del colegio, pero me dejaron también un buen recuerdo.

Por supuesto que en todo este proceso el trabajo era duro. No había materiales adaptados, como los hay ahora. Por ejemplo, las figuras geométricas me las hacía mi

padre con cartulina, para conocerlas. También me hizo con listones unos ejes cartesianos.

Había mapas en relieve y en ya en C.O.U. pudimos conseguir una máquina de escribir en braille. No la llevaba a clase, porque era muy ruidosa, pero en casa podía escribir mucho más de prisa los textos que me dictaban mis padres.

En general, la relación con personas videntes fue muy enriquecedora. Es estar en el mundo normal, en el que vamos a pasar el resto de nuestra vida. Creo que resulta empobrecedor pasar unos años en ambientes totalmente diseñados para una determinada limitación física, si después hay que salir a la calle, hay que convivir con todo el mundo, buscar trabajo, encontrarse de golpe con todos los obstáculos. Por eso pienso (es mi opinión) que cuanto antes afrontemos la realidad que nos toca vivir, mucho mejor. Eso sí, para ello es imprescindible contar con la solidaridad y la comprensión de los demás. No hay que perder de vista las necesidades especiales, pero si esto se atiende, la integración en esta sociedad puede llegar a ser plena.

La etapa de la universidad fue la más dura y menos gratificante. Ahí ya no había otra alternativa, no hay universidades especiales, claro. Por eso, quizá ya no tenga sentido hablar de enseñanza integrada en ese nivel. De todas formas, diré algo sobre lo más esencial.

Como me matriculé en la UNED, donde apenas había clases presenciales, tenía que estudiar por mi cuenta. Compraba los libros y mis padres me los dictaban o grababan en casete. A partir del tercer curso fue mi madre la única que soportó todo el esfuerzo, porque mi padre falleció ese año. En la ONCE podían grabarme los libros que yo les mandara, pero se tardaba bastante tiempo y, además, yo siempre he preferido estudiar en braille antes que oyendo las cintas. Así que la pila de papeles escritos en braille, que ocupa bastante, subía y subía.

Reconozco que fueron unos años muy difíciles. Hoy se puede contar con un gran número de ayudas técnicas: ordenadores adaptados, escáneres, máquinas para tomar apuntes que los dejan guardados en una memoria para volcarlos en un PC, aparte de material didáctico en relieve sobre todas las materias.

A esto hay que añadir, en el caso concreto de la discapacidad visual, que la ONCE tiene profesores de apoyo, que hacen un seguimiento de los alumnos, lo que también puede prestar alguna ayuda a los profesores. Pero vuelvo al principio y con esto termino mi etapa de estudiante: mis maestros no tuvieron ningún apoyo externo y demostraron una preparación, una dedicación y un saber hacer las cosas que dudo mucho que pueda superarse hoy con todos los avances que se han producido en estos últimos años.

Luego vino el trabajo. Me faltaban unas cuantas asignaturas para terminar la carrera de Económicas cuando el entonces director del INSERSO me llamó para decirme que en la Caja de Albacete había una plaza de telefonista que querían cubrir con alguien que sufriera alguna discapacidad. Presenté una solicitud y al poco tiempo me llamaron para hacerme una entrevista. Me contrataron y estuve cinco años en la centralita, un trabajo monótono y poco gratificante, aunque me ayudó a conocer a casi toda la plantilla de la empresa. Después he pasado por otros departamentos. Mis herramientas para trabajar son un ordenador adaptado con línea braille y síntesis de voz, un escáner y otros aparatos más específicos que me permiten desenvolverme. Por supuesto que existen limitaciones y ha habido que superar obstáculos. No todo es tan maravilloso. Ha habido épocas mejores y peores, pero también aquí he contado siempre con la solidaridad de mis compañeros y jefes. Aquí he entablado buenas amistades y, en general, me siento una más entre todos ellos.

María Ángeles González Mateo

Escuela Universitaria de Magisterio de Albacete.

Albacete, mayo de 2004

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